
El engaño. Estamos muy acostumbrados a él, se da cada día, está a la vuelta de la esquina, es lo más normal del mundo, lo hacemos todos y cada uno de nosotros pero, entonces, ¿por qué nos enojamos tanto cada vez que averiguamos que alguien nos lo hace?
Tendriamos que enumerar cada una de las situaciones, cada una de las personas que están involucradas y muchos factores, pero siempre llegariamos a la misma conclusión: nos molesta por sentirnos idiotas, por no habernos dado cuenta, por estar obnuvilados con cosas que no son, porque alguien sea más inteligente que nosotros, es así. Nos toca, pese a que suene tópico, el orgullo, si, todos lo tenemos, está ahí, es muy personal, muy nuestro. Aunque también, y quizás en mayor medida, nos duele el tiempo perdido, el pensar que no ha merecido para nada.
El engaño es una simple cuestión: no decir algo a alguien, ocultarlo y quedarnos tan panchos. Pero siempre queda la culpa, el ocultarlo duele, molesta, aunque no lo creamos. Puede que, incluso, este hecho con buena intención, pero eso no justifica ocultarlo. La verdad, es cierto, duele, y mucho, la realidad es dura, no es fácil aceptarla, pero si la otra persona te comprende, entiende todo lo que le rodea y te rodea, ¿para qué ocultar? Debemos aprender que un mundo sin engaños, sin traiciones, sin mentiras, no es que sea un mundo más bonito, no debemos de huir de lo que creemos que nos hará daño, debemos de creer que la gente que nos rodea se merece lo mismo que nos gustaría que nos hicieran a nosotros y dejarnos de tanta gilipollez, todo sea dicho.

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