domingo, 11 de enero de 2009

Nuestro peor enemigo, ¿en la cabeza?


Hace poco leí, por uno de esos intereses pasajeros que me da, una serie de artículos relacionados con el órgano al que, quizás, tenemos menos en cuenta, pero que determina más todo lo que hacemos: nuestro cerebro.

Es muy gracioso observar como tras tantos años de investigación, de pruebas, de test, de comidas de cabeza de investigadores, no se ha llegado a una conclusión exacta sobre él, sobre lo que determina o deja de determinar, pero si se está de acuerdo en que es un factor fundamental.

En estos escritos, en una de ellos se hablaba sobre la inteligencia. Se comentaban distintos casos, como el de unos gemelos, separados durante la inmensa mayoría de su vida y vueltos a reunir años después para observar que ambos tenían el mismo coeficiente intelectual. También me gusto la afirmación del médico y criminalista del siglo XIX, Cesare Lombroso, que admitía una similitud entre la genialidad y la locura pero, ¿acaso no es así?

Centremonos un segundo en definir ambas palabras y la importancia que les damos, sobretodo a la propia locura. ¿Qué es locura? Podemos irnos a la RAE y buscarlo en el diccionario, pero creo que es un término tan absolutamente personal e independiente para cada persona que su definición en un libro no es del todo válida. La locura se asocía a la genialidad por el simple hecho de que los genios han hecho cosas que a ninguno, pero a ninguno, se les ocurrió en su día, eso se tildó de extraño, raro, diferente, como con Colón y su tierra redonda (que se lo dijeran a la gente de aquel siglo) o Einstein y su teoría de la relatividad. Vamos, que no significa que todos aquellos que hagan cosas diferentes sean genios ni que los genios estén locos, sino que todos tenemos un cierto grado de locura dependiendo de nuestra propia personalidad, lo que hayamos vivido y lo que nuestro querido cerebro nos dicte.

Hubo otro artículo que me llamó bastante la atención y que me molesto bastante también. Los eruditos del conocimiento admiten que una persona culta tendrá siempre mucha más validez que una persona que haya vivido la vida tal cual. ¿Cómo? Eso no es así ni por asomó. Hay mucha gente que, por muchas razones, no han podido acceder a los mismos conocimientos que esos autodenominados "cultos" si han logrado. Vale, pero yo planteo lo siguiente: ¿por qué discriminar? El artículo en sí tildaba, como mínimo, de burros a todos los que no se leyeran un libro a la semana, que no leyeran el periódico a diario y demás lindeces. La realidad es bien distinta. Opino que todo el mundo tiene una opinión válida para las cosas, quizás tenga menos conocimientos sobre x asuntos, pero los "cultos" también no tienen conocimientos sobre otros x asuntos. La mejor manera de coexistir es no menospreciar al de al lado, puede enseñarte en un día algo nuevo, estamos hechos para intentar entendernos, y nuestro cerebro no es una máquina que nos tiene que diferenciar, sino unir, porque para ello lo tenemos. Todos valemos el valor que nosotros mismos nos queramos dar de manera objetiva.

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