viernes, 8 de mayo de 2009

Habitación desordenada

Una de las máximas que todos anhelamos y, quizás, por la que más luchamos, es nuestra propia libertad. Ésta se verá puesta a prueba en innumerables ocasiones, haciéndonos dudar que si el sacrificio de que desaparezca una parte de ese espacio es necesario.

Cada cual percibimos y asimilamos el hecho de ser libre de una manera diferente. Hay quienes reivindican que no desean ningún tipo de ataduras con nadie ni con nada, su principal punto son ellos mismos, el resto es una soga al cuello que no quieren llevar, se niegan, no entra dentro de sus concepciones.

Existen otros casos no tan extremos, pero la verdad es que todos necesitamos nuestra pequeña habitación, que este ordenada a nuestra manera, a nuestro gusto, dónde sólo podamos entrar nosotros y que nadie penetre. Es nuestro espacio, el lugar en el que las "leyes" que rigen el mundo no están presentes, dónde el único Dios que hay es nuestro yo.

Ser libre no tiene porque implicar el mirarse únicamente a uno mismo, el ir a su bola; no, se pueden tener ciertas ataduras, pero lo esencial es que las decisiones de todo lo que nos afecta, que lo que queramos hacer, nuestra forma de pensar... todo esto siga formando parte de nuestra constante, formando así la verdadera libertad, la que nos otorgamos cada uno.

No seremos libres si pensamos que el resto nos tiene que otorgar o dejar serlo, somos nosotros quienes controlamos la habitación, quienes decidimos como debe de estar, que meter en ella o no... Si no podemos ser libres en nuestro yo, no se puede pretender ser libre con los demás.

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